Desde
los años 90´s, con el boom de la tecnología y el flujo de la información, comenzó
para la humanidad una forma diferente de hacer las cosas. Las generaciones
anteriores a la nuestras tuvieron más limitaciones en ese sentido y los años transcurrían
en blanco y negro, sin alternativas. Los
bienes y servicios pensados para ayer, ya no son suficientes hoy en día. Las empresas
en la era del conocimiento, que no cambian, se reorganizan y se niegan a
satisfacer las necesidades y demandas de los clientes, perderán gradualmente cuotas
de mercado.
Empresas
y personas que ven más allá de lo cotidiano, pagan cualquier precio por la información
y el conocimiento, ya que es el poder que les da la ventaja que
necesitan.
La
inversión es mínima comparada con los beneficios, ante una competencia
creciente, menores márgenes y beneficios y fortalezas no aprovechadas.
El
cambio, el aprendizaje y el crecimiento son el impulso para cualquier
organización. Repetir siempre lo mismo no nos permite crecer ni aprender y hace
que los individuos y organizaciones se atrofien y se estanquen.
El
directivo actual debe ser un agente de cambio que promueva el crecimiento de su
empresa y sus trabajadores. Cuando no asume ese rol, el valor de crecimiento
desaparece en la empresa.
Cuando
el empresario decide cambiar las reglas y la forma de trabajar en beneficio de su
empresa, como fuente de bienestar de un colectivo, es porque ha reconocido que
no se puede dirigir los negocios como antes. Esperando tener la fidelidad ciega
del personal a cambio de la seguridad del empleo, aceptando un rendimiento
mediocre, asumiendo perdidas, aceptando las cosas como son, evitando los
conflictos y retrasando decisiones días, semanas, meses o años, ante un mercado
cada vez más agresivo.
Las
personas que han desarrollado su vida profesional y personal rebobinando cintas
viejas y buscando siempre lo familiar, se estacionan en la zona cómoda y son en
nuestros días, presa fácil para los que
se están moviendo.

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