El hombre que intenta hacer su fortuna en esta
antigua capital del mundo (Roma), debe ser un camaleón capaz de reflejar los colores de la atmosfera
que lo rodea, un Proteo capaz de adoptar todas las formas inimaginables. Debe ser
maleable, flexible, insinuante, intimo, inescrutable, a menudo ruin, a veces pérfido,
ocultar siempre parte de su conocimiento, utilizar un solo tono de voz, ser
paciente, perfecto, dueño de su semblante, frio como el hielo, cuando cualquier
otro hombre seria todo fuego. Y si por
desgracia no es religioso – algo muy común en un alma que reúne y cumple con
los requisitos antes mencionados- , debe tener la religión en la cabeza, es
decir, en el rostro, en los labios, en los modales. Si es un hombre sincero,
debe sufrir en silencio el saber que es un hipócrita consumado. Un hombre cuyo espíritu
detestara una vida semejante, debería abandonar Roma y buscar su fortuna en otra
parte. No sé si estoy elogiándome o disculpándome, pero de todas esas
cualidades, yo poseía solo una: La flexibilidad.
Giovanni Casanova
1725-1798
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